lunes, 13 de febrero de 2012

De un árbol para un humano (y viceversa)

Todo comenzó con una mordedura de una hormiga bala, llamada así por el dolor similar al que produce una munición enterrada en carne viva. Sí, sólo fue una, en la muñeca izquierda, pero fue suficiente para tranformar mi piel en una capa insoportable de puro dolor ardiente, tan brillante como la chispa que prende una hoguera.

Fiebres, calambres, vómitos y todos los síntomas normales aparecieron casi enseguida dejándome hecho un ovillo patético en medio del bosque, con la garganta seca y a punto de cerrarse por completo y dejarme sin habla para siempre.

Justo en ese momento, creí escuchar una voz proveniente del árbol en el que me había apoyado para descansar donde, sin deberla ni temerla, había recibido una sutil advertencia para alejarme del nido que estaba a punto de destrozar de un pisotón.
La voz me pidió que me calmara y respirara hondo para poder intervenir fácilmente en mis pensamientos. Fue algo difícil de lograr con la muerte caminando (con sus patitas y exoesqueleto rojo) sobre mi nuca descubierta, pero después de un momento de concentración, lo logré.

Pasó un minuto y luego otro. Por un momento creí que había alucinado en un intento desesperado por mantener la cordura, pero la voz volvió a resonar en mis oídos:

─Soy el espíritu de este bosque y te acabo de poner a prueba.

─Es algo muy cruel de tu parte─ respondí inmediatamente, sin poder detener mis pensamientos.

─Te he estado observando desde que pusiste un pie en este bosque─ dijo sin cambiar el tono de su voz─, eres el candidato perfecto para convertirte en uno de nosotros.

─ ¿En uno de ustedes?─ aventuré.

─ Así es, puedes elegir entre morir humano, solo, en medio de un lugar desconocido y con sufrimientos y dolores o vivir como un árbol de este bosque que pronto te resultará conocido y hasta las hormigas harán su nido en tu vientre sin que concibas jamás una sola molestia por sus dentelladas─ sentenció con solemnidad.

A pesar de la angustia atenazante y aquel suplicio acuciante en el que me retorcía, junté el valor y la fuerza suficiente para voltear con furia hacia el tronco parlante que vomitaba hormigas como riéndose de mi suerte con la lengua de fuera. En medio de aquella maraña burlona, sobre la corteza, pude ver un corte que ninguna hormiga podría haber hecho a menos que contara con una sierra eléctrica de gran potencia.

En ese momento, supe que la respuesta que el árbol quería no necesitaba verbalizarse y que todo estaba más que claro: árbol u hombre, algún día habría de morir. Lo que debía decidir ahora era aplazarlo o no.

Cerré los ojos un omento y tomé mi decisión en forma de pensamiento. Y ahora estoy aquí contándoselos a todos ustedes que están a punto de tomar una decisión importante: creer o no en criaturas mágicas, espíritus macabros o humanos salvándole la vida a otros humanos de último momento.

Y esa creencia es la que dará final a mi historia.

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