Sólo pongo una más en la cola de descargas y me voy para
poder devolver la película, pensé moviendo rápidamente el ratón, clickeando
por toda la pantalla, la dejaré prendida para que termine de descargar todo, no tardará más de media
hora.
Me levanté pesadamente de mi asiento, sentí mi trasero húmedo, producto
de todo el tiempo que pasé frente al monitor. Cuando me disponía a cerrar la
puerta, miré azorada hacia la computadora, llevaba días funcionando sin parar.
Logré sacudir esos pensamientos de mi mente porque tenía prisa, la videoteca
cerraría en menos de una hora y, encima, las condiciones climáticas no jugaban
a mi favor: estaba lloviendo a cántaros.
Decidí conducir hasta la videoteca, no quería mojarme. Mientras manejaba puse el estéreo a todo volumen, me relajaba no tener que pensar gracias al ruido que invadía todos mis sentidos.
Llegué a la videoteca sin contratiempo alguno. Entré por la puerta automática y entregué el video al recepcionista quien me miró de soslayo con pereza, ¿quieres que te la renueve?, no gracias, esta vez me bastó con verla una sola vez.
Me volteé, podía sentir sus ojos clavados en mis nalgas, le permití el gusto, pero no quería que se prolongara demasiado la conducta voyeur así que corrí a la salida, pero me estampé contra el vidrio de la puerta. Instantáneamente, mi cabeza comenzó a dar vueltas a punto del desmayo por la contusión.
¡Se acaba de ir la luz, muchacha, usa la otra puerta!, gritó el recepcionista rabo verde impidiendo que me desvaneciera por completo. Sobándome la frente, empujé la otra puerta y regresé a mi automóvil dando traspiés en los charcos.
Recargué mi cabeza en el respaldo, me seguía dando vueltas el mundo frente a los ojos, pero estar bajo la lluvia me ponía tensa así que arranqué y salí del estacionamiento a toda prisa sin fijarme en que un automóvil venía justo detrás de mí.
¡Idiota, fíjate en el semáforo!, tuve tiempo de gritarle justo cuando el conductor dobló la esquina a toda prisa, dándose a la fuga para evitar pagarme por la abolladura, entonces, con la mitad del cuerpo fuera de la ventanilla por el impulso del enojo, noté que los semáforos estaban apagados así que, en realidad, yo tenía la culpa del choque.
De nuevo dejé caer mi cabeza sobre el respaldo y me froté los ojos con ambas manos. Aparté mis manos violentamente a la vez que saltaba sobre el asiento, ¡la computadora!, corrió ese pensamiento en mi mente como una descarga eléctrica sobre agua.
Giré la llave de encendido, pero unos ruidos ahogados del motor me hicieron desistir, le faltaba gasolina al armatoste en que quedó convertido mi auto. Revisé mi cartera, sí, suficiente dinero para tomar un taxi, sin embargo, el taxi no vendría justo frente a mí sin que lo llamara, aspiré profundo y bajé del auto, caminé hasta la esquina y esperé a que pasara alguno.
Decidí conducir hasta la videoteca, no quería mojarme. Mientras manejaba puse el estéreo a todo volumen, me relajaba no tener que pensar gracias al ruido que invadía todos mis sentidos.
Llegué a la videoteca sin contratiempo alguno. Entré por la puerta automática y entregué el video al recepcionista quien me miró de soslayo con pereza, ¿quieres que te la renueve?, no gracias, esta vez me bastó con verla una sola vez.
Me volteé, podía sentir sus ojos clavados en mis nalgas, le permití el gusto, pero no quería que se prolongara demasiado la conducta voyeur así que corrí a la salida, pero me estampé contra el vidrio de la puerta. Instantáneamente, mi cabeza comenzó a dar vueltas a punto del desmayo por la contusión.
¡Se acaba de ir la luz, muchacha, usa la otra puerta!, gritó el recepcionista rabo verde impidiendo que me desvaneciera por completo. Sobándome la frente, empujé la otra puerta y regresé a mi automóvil dando traspiés en los charcos.
Recargué mi cabeza en el respaldo, me seguía dando vueltas el mundo frente a los ojos, pero estar bajo la lluvia me ponía tensa así que arranqué y salí del estacionamiento a toda prisa sin fijarme en que un automóvil venía justo detrás de mí.
¡Idiota, fíjate en el semáforo!, tuve tiempo de gritarle justo cuando el conductor dobló la esquina a toda prisa, dándose a la fuga para evitar pagarme por la abolladura, entonces, con la mitad del cuerpo fuera de la ventanilla por el impulso del enojo, noté que los semáforos estaban apagados así que, en realidad, yo tenía la culpa del choque.
De nuevo dejé caer mi cabeza sobre el respaldo y me froté los ojos con ambas manos. Aparté mis manos violentamente a la vez que saltaba sobre el asiento, ¡la computadora!, corrió ese pensamiento en mi mente como una descarga eléctrica sobre agua.
Giré la llave de encendido, pero unos ruidos ahogados del motor me hicieron desistir, le faltaba gasolina al armatoste en que quedó convertido mi auto. Revisé mi cartera, sí, suficiente dinero para tomar un taxi, sin embargo, el taxi no vendría justo frente a mí sin que lo llamara, aspiré profundo y bajé del auto, caminé hasta la esquina y esperé a que pasara alguno.
No tardó más de cinco minutos y abordé pagando el pasaje al subir para poder correr hasta mi computadora cuando llegara a mi casa.
¡Maldición!, mi ordenador estaba tan apagado como todo el alumbrado público de todas las odiosas calles por las que el conductor del taxi me obligó a dar rodeos para cobrarme de más al final.
Todas esas descargas… ¡eran importantísimas para mañana!, ya no podría hacer cómodamente la presentación y tendría que fletarme usando marcadores y los rotuladores cuadriculados. Rendida ante las desventajas, decidí apoltronarme en el sillón frente a la computadora y mirarla con rencor, era una debilucha cuando no había electricidad. Pensé que ella estaría craneando algo similar, pero con el aire como mi punto álgido.
La lluvia no me gustaba en lo absoluto, pero cuando cesó creí volverme loca.
El silencio que se producía sin el constante zumbar de los cables de electricidad hacía que me retorciera de desesperación. Opté por ponerme a cantar, la única tonada que se me ocurrió en ese momento fue la de los elefantes que se columpiaban, así que pasé horas enteras con esa canción en la mente hasta que caí dormida sobre el sillón.
La mañana siguiente parecía que todo había vuelto a la normalidad, mis oídos ya no zumbaban, pero como no se prendió el monitor, supuse que la luz no había regresado. ¡Qué apagón más grande!, exclamó uno de mis compañeros cuando llegué a la escuela, tampoco los camiones están funcionando ¡tuve que venir a pie!, dijo otro que pasaba a por mi lado, su respiración estaba muy agitada, ¡qué bueno que vivo a dos cuadras de aquí! Sino no llegaba, hizo un ademán cansado y se derrumbó sobre su pupitre. Sí que le hacía falta ejercitarse. En ese momento, relacioné la nula actividad física con mi auto, ¡no había ido a recogerlo!
Después de un ataque de nervios, decidí que no había remedio en esos momentos, saliendo de clases lo primero sería ir a por él.
Durante la primera exposición la maestra arguyó que no quería nuestras presentaciones con rotafolios, pero como no venía preparada para la siguiente clase por que también creía que la luz regresaría por la mañana, nos mandó a la siguiente clase. Esta y las consecutivas fueron un fiasco por que nadie estaba preparado sin su eterno cañón ni su computadora portátil, así que nos dispensaron las clases hasta que dieran aviso de que la luz estaba de vuelta, entonces las clases se reanudarían. En parte estaba feliz, pero por otra parte no sabía qué haría para entretenerme sin la compañía de mi fiel computadora.
Pasé el día entero vagando de ciber-café en ciber-café y de gasolinera en gasolinera, necesitaba conseguir gasolina antes de ir por el auto.
Los dueños de los ciber-cafés, unos vejetes de más de 70 años, afirmaban que el apagón ocurrió en todo el país porque el diario no se repartió esa mañana y ningún medio de comunicación servía. Me sonó lógico y a la vez incoherente, sin energía eléctrica para mover máquinas o transmitir vía satélite nadie sabía nada, ergo, la luz afecto una gran parte del lugar, pero si sólo era una parte en otros lados seguirían como si nada sólo que por acá no llegarían las noticias, digo, alguien tenía que saber, ¡por Dios, si vivimos en la era de la tecnología y las comunicaciones!, me repetía a mí misma al escuchar semejantes respuestas anticuadas. Pero los despachadores de gasolina confirmaron las sospechas: ¡N’mbre! Desde ayer no nos llega la gas, señito, ni con un chisguetito podemos ayudarle ‘orita, decían, agregando que siguiera preguntando más adelante a ver si encontraba quien me ayudara. Era cierto, sin energía de ningún tipo el pueblo estaba incomunicado, casi muerto.
Como tuve que hacer todo ese trayecto a pie, cuando llegué a la casa, no pude resistir el impulso de lanzar los zapatos lo más lejos posible y recostarme un rato.
El silencio era terrible, si ayer era insoportable hoy, sin el ir y venir ocasional de los automóviles, era insufrible. Me levanté en seguida y fui a darme un baño por que apestaba a sudor después de la larga caminata. Abrí la llave. El agua no salía. Claro, pensé, sin la odiosa de la electricidad no había qué bombeara agua hasta la regadera, maldije por lo bajo mientras me volvía a vestir con ropa nueva.
Pasé el tiempo, alumbrada por una vela, armando un rompecabezas viejísimo que encontré en el fondo de mi ropero. Era de Bambi y tenía sólo 200 piezas, pero me hizo redescubrir lo divertido que era tomarse horas para realizar una sola actividad. ¡Divertido mis polainas!, aventé el rompecabezas a la cuarta vez que lo armaba completo. O necesitaba más rompecabezas o que regresara la ansiada luz.
En vista de que mis berrinches y pataletas no solucionaron nada me levanté del suelo, pateando las piezas y me asomé por la ventana. La cuidad estaba totalmente en penumbras lo que, instintivamente, me hizo voltear hacia arriba.
Las estrellas estaban maravillosas y, sin tanto ruido luminoso, se veían geniales. No pude resistir la tentación y subí al techo, me tendí boca arriba y observé las estrellas hasta quedarme adormilada bajo su constante titilar, afortunadamente, un zarandeo de mi cuerpo me hizo despertar y, con más frío que sueño, bajé para acostarme en mi cama calientita.
Siguieron pasando los días sin gloria y con bastantes penas.
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La luz no regresaba, el combustible escaseaba cada vez más y el agua se empezaba a llevar en baldes de un lugar a otro. Los primeros días en que este sistema de acarreo entró en vigor, me quejaba sin parar, sólo hasta que mis compañeros me expresaron cortantemente su fastidio ante mis mohines infantiles, cedí a la nueva ordenanza. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a los nuevos métodos.
Las clases se reanudaron a los 3 meses y, a pesar de las quejas de los maestros, no quedó de otra más que volver a los rotafolios, a los dibujos y gráficas hechas a mano y a las clases de caligrafía.
En casa, el piso estaba tapizado con rompecabezas terminados y piezas perdidas, mi ventana permanecía siempre abierta y todas las noches, a fuerza de hacer algo con las estrellas que se mostraban tan espléndidas, aprendí el nombre y ubicación de todas las constelaciones visibles desde esta latitud, la computadora… poco a poco se fue cubriendo de una fina capa de polvo.
Aunque después de un año ya no me era tan engorroso caminar a la escuela y de esta a la casa, ¡claro que extrañaba mi auto! Sobretodo me daba pena visitarlo como quien visita a un muerto en un panteón, sólo que no le llevaba flores, ya que todos los asientos estaban llenos de ellas. El mes pasado noté que las ruedas han comenzado a echar raíces frente a la videoteca, que ha dejado sus puertas cerradas desde hace más de 5 meses.
A pesar de que empezaba a agradarme todo lo dicho anteriormente, secretamente, añoraba regresar algún día a mi cómoda y tecnológica vida porque, todavía, después de tres años y medio, algunos guardamos esperanzas de que la energía regrese, en cualquier momento, incluso podemos aguardar todo el día, pero, ante todo, pedimos que vuelva mañana.