—Pide lo que quieras, te será concedido.
La mano del vagabundo tembló, insegura, cerrándose apenas unos milímetros en un movimiento casi imperceptible.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando volteó la vista y encontró los ojos de quien se había plantado frente a él y lo observaba con calma y a la vez con insistencia, como tratando de ver a través de sus lentes oscuros, más allá de su falsa ceguera.
¿Le estaba hablando? ¿A él? Era la primera vez que alguien siquiera se acercaba a él. Todas las veces se apartaban o le lanzaban un moneda desde lejos, casi con miedo, como temiendo impregnarse de con su suciedad, con su olor o incluso con su aire de perdedor.
Sin embargo, ahí estaba ese hombre esperando una respuesta mientras se quitaba sus guantes blancos —que iban a juego con su traje inmaculado y sus brillantes zapatos de charol—, jalando pacientemente la punta de cada uno de los dedos. Los guardó meticulosamente en su bolsillo derecho. Sonrió.
—Pide lo que quieras, te será concedido— repitió pacientemente como si fuera la primera vez que lo decía.
—Puedo pedir...— aventuró sin llegar a concretar su deseo. El vagabundo volteó la vista hacia el suelo como si en él estuvieran escritas las respuestas. A pesar de que inconscientemente siempre había esperado este momento, nunca se había puesto a pensar en su verdadero y único deseo. Tal vez...
— ... ¿dinero?— masculló crepitantemente entre sus dientes decrépitos.
A fin de cuentas por unas cuantas monedas estaba dispuesto a pasar el día entero estirando la mano en aquel sórdido túnel del subterráneo.
—Te será concedido— dijo con vehemencia el hombre vestido de blanco y sin permitir siquiera que el vagabundo sonriera, cuestionó: —¿Para qué lo quieres?
El vagabundo abrió su boca tanto como sus ojos, incrédulo, como si su mejor amigo—el vendedor de discos piratas de las líneas 1, 6 y 7—lo hubiera traicionado cobrándole por uno de los discos en blanco que solía repartir en los vagones del metro.
¿Comida? No, era una oportunidad única y la comida era demasiado buena, pero también demasiado perecedera.
¿Una casa? Aunque el metro era cálido y silencioso por la noche, tener un lugarcito donde llegar sin que los vigilantes lo corrieran a palos era casi irresistible.
¿Mujeres? Complicadas y fugaces todas con las que alguna vez había estado. Pero al final valían la pena. Un rato.
¿Un trabajo respetable? Recuperar aquello que perdió por un desliz... era pedir mucho, quizás. Pero con dinero podría lograrlo e incluso llegar al éxito.
Tan concentrado estaba el vagabundo que no se dio cuenta de que el hombre vestido de blanco se había sentado junto a él hasta que sintió la calidez de un susurro irrumpir en sus pensamientos de grandeza.
Tanto le sorprendió lo que oyó que de los ojos del vagabundo cayeron los lentes oscuros y se rompieron en miles de pedazos.
De pronto, el resplandor que parecía emanar del hombre blanco le pareció insoportable. Pero no cerró los ojos sino que dejó caer su mano suplicante y la usó para apoyarse en ella, levantarse del suelo y empezar a caminar de nuevo, enfundado en su lustroso y brillante traje blanco.
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martes, 29 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Serpientes y escaleras
Habían jugado ya en el mismo tablero durante mucho tiempo, tanto que las
manos les temblaban ya cuando habían empezado firmes y confiadas. Sin
embargo, no había forma de ganar este juego.
Aún si se llegaba a la meta (que no había ocurrido hasta ahora), tantos resbalones, tantas caídas, tantos pecados... siempre lo regresaban a uno al inicio, sin tregua ni misericordia, sin importar todas las casillas que se hubieran avanzado.
Se sentía culpable por siquiera tomar los dados (rojos) entre sus manos y tirarlos, culpable por sentir emoción cada que ése par de símbolos maquiavélicos que claramente señalaban, marcaban, a los viciosos como tales mostraban un resultado que le hacía caer en una casilla de las buenas, de las bendecidas.
Pero no tenía opción, debía seguir jugando hasta que él aprendiera la lección, hasta el el otro jugador—su hermano—, comprendiera también que un simple desliz, un tonto error, un indicio de mal pensamiento o una decisión equivocada en un momento crucial, podría devolverte hasta la primera casilla (hasta abajo) donde todo debía empezar de nuevo o terminar en cero.
Odiaba ver cómo caía el otro, siempre en la misma, siempre en la peor—que es la que está una casilla antes de la meta—, mientras que él se libraba de las serpientes, de las tentaciones, y subía por las escaleras que representaban las bondades de la humanidad, la salvación, la vía directa al cielo.
Sin embargo, misterio eterno de ese tablero a pesar de haberlo jugado por tanto (tantísimo) tiempo: no importaba cuánto avanzara uno o el otro, nadie estaba satisfecho (nunca) ni con su fajo abundante de virtudes, ni con su montón pecaminoso de vilezas.
Aún si se llegaba a la meta (que no había ocurrido hasta ahora), tantos resbalones, tantas caídas, tantos pecados... siempre lo regresaban a uno al inicio, sin tregua ni misericordia, sin importar todas las casillas que se hubieran avanzado.
Se sentía culpable por siquiera tomar los dados (rojos) entre sus manos y tirarlos, culpable por sentir emoción cada que ése par de símbolos maquiavélicos que claramente señalaban, marcaban, a los viciosos como tales mostraban un resultado que le hacía caer en una casilla de las buenas, de las bendecidas.
Pero no tenía opción, debía seguir jugando hasta que él aprendiera la lección, hasta el el otro jugador—su hermano—, comprendiera también que un simple desliz, un tonto error, un indicio de mal pensamiento o una decisión equivocada en un momento crucial, podría devolverte hasta la primera casilla (hasta abajo) donde todo debía empezar de nuevo o terminar en cero.
Odiaba ver cómo caía el otro, siempre en la misma, siempre en la peor—que es la que está una casilla antes de la meta—, mientras que él se libraba de las serpientes, de las tentaciones, y subía por las escaleras que representaban las bondades de la humanidad, la salvación, la vía directa al cielo.
Sin embargo, misterio eterno de ese tablero a pesar de haberlo jugado por tanto (tantísimo) tiempo: no importaba cuánto avanzara uno o el otro, nadie estaba satisfecho (nunca) ni con su fajo abundante de virtudes, ni con su montón pecaminoso de vilezas.
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