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miércoles, 16 de mayo de 2012

Serpientes y escaleras

Habían jugado ya en el mismo tablero durante mucho tiempo, tanto que las manos les temblaban ya cuando habían empezado firmes y confiadas. Sin embargo, no había forma de ganar este juego.

Aún si se llegaba a la meta (que no había ocurrido hasta ahora), tantos resbalones, tantas caídas, tantos pecados... siempre lo regresaban a uno al inicio, sin tregua ni misericordia, sin importar todas las casillas que se hubieran avanzado.

Se sentía culpable por siquiera tomar los dados (rojos) entre sus manos y tirarlos, culpable por sentir emoción cada que ése par de símbolos maquiavélicos que claramente señalaban, marcaban, a los viciosos como tales mostraban un resultado que le hacía caer en una casilla de las buenas, de las bendecidas.

Pero no tenía opción, debía seguir jugando hasta que él aprendiera la lección, hasta el el otro jugador—su hermano—, comprendiera también que un simple desliz, un tonto error, un indicio de mal pensamiento o una decisión equivocada en un momento crucial, podría devolverte hasta la primera casilla (hasta abajo) donde todo debía empezar de nuevo o terminar en cero.

Odiaba ver cómo caía el otro, siempre en la misma, siempre en la peor—que es la que está una casilla antes de la meta—, mientras que él se libraba de las serpientes, de las tentaciones, y subía por las escaleras que representaban las bondades de la humanidad, la salvación, la vía directa al cielo.

Sin embargo, misterio eterno de ese tablero a pesar de haberlo jugado por tanto (tantísimo) tiempo: no importaba cuánto avanzara uno o el otro, nadie estaba satisfecho (nunca) ni con su fajo abundante de virtudes, ni con su montón pecaminoso de vilezas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Tiempo

Gracias por la frase, Andrómeda.


Es lo que entrelaza cada uno de tus rizos encrespados; es lo que hace más hermosa esa comisura que ha dejado su marca en tu mejilla, cerca de tu boca; es lo que amaga las líneas debajo de tus ojos que por tantas risas y desvelos han logrado ser parte de tu imagen; es lo que hace que tu piel sea más delgada cada vez (aunque yo pensaba que era culpa de mis tantas caricias); es la ilusión que vigilas de cerca cada que levantas tu muñeca y la miras de reojo; es aquello que transcurre y se escurre bajo, entre y sobre tu cuerpo como si fuera un mar propio, como si Marina fuera el nombre que escondes debajo del que le dices a todo mundo...

Tiempo, es lo que me pides que nos tomemos como si fuera un suero hecho con nuestras lágrimas que, cuando te vayas, recogeré en una bandeja de cubitos y la pondré en la nevera para enfriar todo lo que despreciamos y hacer más dulces las bebidas carbonatadas que serviré esta tarde a mis invitados imaginarios.

viernes, 8 de julio de 2011

Desastres de cocina.

Entro en la cocina. Uno de los gabinetes semiabiertos me golpea en la rodilla y otro amenaza con darme en la frente. Sobre la estufa hay una sartén grasienta sobre otra más grasienta aún. El microondas huele permanentemente a palomitas quemadas y, como no hay una mesa decente, el pobre aparato está lleno de manchas y migas por encima. Y los trastes sucios. Oh, Dios, los trastes sucios. Mantengo en mi cuarto todo aquello que atesoro (cubiertos, vasos, un par de platos, contenedores...) porque sé que si lo dejo a merced de las demás inquilinas, lo encontraré, sucio, en el fregadero. Siempre.

Cierro los gabinetes pasivo-agresivamente mientras murmuro maldiciones y sentencio mentalmente a las demás inquilinas. Caliento un poco de agua para un té y tuesto una rebanada de pan. Contemplo el desastre. Sonrío con optimismo al ver el anuncio pegado sobre la pared: "Lava tus trastes después de usarlos". Después de un rato se vuelve invisible o, aún peor, parte del decorado al que todo mundo está tan acostumbrado que nadie le pone atención. Me perturba un poco el bistec que se ha dejado a descongelar  sobre una de las hornillas de la estufa. Lleva días ahí, sin que nadie se atreva a reclamarla (o hacerle justicia y tirarla).

Me voy dejando la carne misteriosa sobre la hornilla, los trastes apestando en el fregadero y el olor a palomitas emanando de la ranuras microondas cerrado. Veinte minutos después, regreso. Todo sigue igual.

Repetir.

jueves, 14 de abril de 2011

Belonefobia


"No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él cayó desmayada.

La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima..."

- Ya debes tener sueño - dijo mi madre, cerrando el libro y dejándolo sobre la última repisa, sin siquiera percatarse que yo no consideraba dormir como una opción.
Me arropó con fuerza, metiendo las cobijas entre el colchón y la base de la cama y, una vez que se aseguró de que no podría escapar se dirigió a la puerta y, antes de cerrarla, me lanzó un beso con la evidente indiferencia de la costumbre, apagó la luz y me dejó en medio de la oscuridad.

Como cada noche esperé pacientemente a que la puerta se volviera a abrir dejando que una mano fantasma prendiera la luz de noche desapareciendo inmedietamente con un rápido movimiento de muñeca. Un ritual espeluznante que terminaba sólo cuando los ronquidos comenzaban del otro lado de la casa.

Sólo entonces (con cuidado para no hacer demasiado ruido), podía considerar retorcerme para liberar la presión de cinco cobijas apretadas alrededor de mi cuerpo y así frotar mis manos con fruición.
Pero la sensación no se iba.

La primera vez que escuché el cuento pensé que sería mi imaginación, pero siempre paraba en la misma parte y cada vez que escuchaba la misma historia (sin llegar al final nunca), mis manos no cesaban de sentir el terrible huso perforando mi carne, llegando profundo y directo hasta el otro lado de mi mano. No podía imaginar la sangre, ni su olor, lo que me preocupaba era el objeto extraño (sucio o no) que penetraba, sin poder remediarlo ni impedirlo, donde me sentía más vulnerable.

El problema no terminaba ahí, sino que, para hacerlo incluso más terrible y a la vez más... adecuado, aunque parezca pura casualidad (¡y dicen que no existe!), mi madre guardaba el huso de la bisabuela en el único lugar que parecería demasiado... adecuado para esta historia. Imaginen que tan cerca estaba del peligro, que tan puro era mi temor y que tan macabro parecía todo el montaje de esta pequeña comedia: mi madre, costurera, mi padre, zapatero y mi hermana, enfermera; el único libro en casa de un tal Perrault y mi madre, que no sabía leer más que yo pues a veces tomaba el libro con las ilustraciones boca abajo, sólo había memorizado un sólo cuento: La bella durmiente del bosque, justo hasta el momento del pinchazo infausto (que infeliz me ha dejado a mí el muy maldito de Perrault).

Abriendo y cerrando mi mano derecha, la sensación pasó a mi mano izquierda. La sacudí con fuerza y después con odio; parecía un cuento de nunca acabar y cuando parecía que se aliviaba el molesto temblor interno, comenzaban los calambres y picores entre los huesos y la respiración más lenta y profunda para tranquilizar la parálisis que terminaba por hacer que mis manos se dirigieran en automático bajo mis muslos. Mantenerlas calientes es lo que ayudaba a veces. Pero hoy no porque sucedió algo inesperado, comencé a sentir pequeñas punzadas bajar por los hombros hasta las palmas de mis extremidades.

De inmediato traté de moverlos y torpemente (y afortunadamente) me respondieron. Contuve las ganas de gritar mordiéndome los labios cuando el hormigueo se intensificó (sabía de sobra que era una etapa que tenía que soportar) y luego se detuvo con el bombeo continuo que causaban mis manos nerviosas que se movían por sí mismas, tratando de jalar sangre (y evitar estancamientos parecidos a mil agujas) y calmar las ansias que sentí la primera vez que experimenté esas molestias: matar a todas esas hormigas. Aún tengo las marcas que prueban mi desesperación y de ahí que mi madre juzgara pertinente arroparme con las cobijas como si se tratara de una camisa de fuerza (esa vez grité hasta que mis pulmones comenzaron a escocer y creí que las punzadas habían llegado demasiado lejos).

Entonces, el horror: había dejado extendidas mis piernas durante todo este tiempo y el picor (y las hormigas) comenzaba a ascender hasta mis caderas. Inmovilizado, no tenía muchas opciones: si bajaba de la cama, con la torpeza de mis piernas adormecidas, seguro armaría un ruidero que despertaría a mamá (el ama del oficio de las agujas) o peor aún, a mi hermana (el ama de la inserción profesional de agujas); si me quedaba en la cama, las hormigas y sus aguijones violentos seguro terminarían por hacerme aullar histéricamente (lo cual nos lleva al resultado de la primera opción sin remedio).

Las punzadas parecían provenir del colchón. Levanté las cobijas, y moví un poco la pierna. Brillaban como chispas de electricidad y picaban sin misericordia. En la oscuridad, parecían perforar las sábanas y (como faquir) me sentía encima de pequeñas agujas que comenzaban a engrosar en número y crasitud. Ya no eran hormigas (creo que mi familia entera dejó su instrumental en mi cama).

Tal como la vez que marqué mis brazos con la saña de la confusión del delirio (extrañamente con lo afilado no he tenido problemas, es lo punzante lo que me ciega), rompo la lámpara de noche y comienzo por la ingle a buscar y destruir a esos bicharajos con todo y sus cuasi quirúrgicos, puntiagudos colmillos. Esta vez decido no gritar.

sábado, 12 de marzo de 2011

Sueño de fuga

Aunque pareciera que cedía con gran facilidad, si hubieran tenido que soportar lo que yo en ese inmundo agujero: rodeada de mujeres asesinas con ganas de ver correr la sangre (mi sangre ni más ni menos), con la idiota disposición de sonar una campanita una vez tras otra, sin descanso, todos los días, y con una ampolla roja justo en medio de la palma de la mano, reventada, con indicios de callosidad, y sin poder evitar que siguiera engrosándose la piel por culpa de la costumbre y la necesidad. Si hubieran estado en mi situación, también hubieran cedido, hubieran dicho que sí y hubieran aceptado casarme con un hombre que no amaban, que no conocían, pero que prometía una vida de lujos y comodidades, lejos de esa campanita estruendosa y de mujeres peores que llegaban con sus tickets de compra en mano, reclamando por mercancía que yo hubiera aceptado de buena gana, pero que a ellas les parecía demasiado poco. Por fin acepté y me fui a vivir a la ciudad de Tar donde las compras de hacen a través de aparatos electrónicos de alta tecnología, donde no hay que meterse en tiendas a pelearse con la gente y pueden hacerse intercambios civilizados. Pero lo mejor de todo es que ahí las quejas son absolutamente anónimas, y totalmente silenciosas.