—Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él— sentenció mi hermana con aquel aire tranquilo que la caracteriza, cuando le expliqué porqué me preocupaba tanto de todo. — Deja tus manías, no puedes controlarlo todo—dijo antes de pasar lentamente la página del libro que estaba leyendo.
—¡Pero!— interrumpí bruscamente su lectura, como queriendo cortar de un solo tajo aquella paz que me colmaba la paciencia— ¿y si no hay un puente que cruzar?... ¡¿entonces qué?!
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sábado, 16 de junio de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
Amor, pasajero.
Creo que estaba delante mío cuando fui a comprar un boleto a Allá. No alcancé a escuchar su pedido aunque sé que se molestó un poco porque no le valieron el descuento de estudiante y mucho menos después de mostrar sus credencial de adulto mayor. Con resignación pagó su boleto, lo guardó cuidadosamente en el bolsillo de su chaqueta y esperó en la banca junto a la taquilla.
Cuando pagué el mío, me hicieron válido el descuento. Tal vez será que no vamos para el mismo rumbo, pensé, y en un acto de simpatía/empatía, me senté junto a él. Aunque fueron sólo unos instantes, pude percibir un aroma muy particular: picante y dulce, ácido y amargo, todo a la vez. Creo que provenía de él, como si hubiera mezclado diferentes lociones y perfumes.
Cuando llegó el transporte, nos incorporamos al mismo tiempo y subimos, uno detrás del otro. Sí iba en el mismo transporte, pensé de nuevo, aunque había paradas intermedias así que dudaba poder saber dónde se bajaría.
Al pasar caminando por el pasillo hasta su asiento (que seguro estaba junto al mío por haber comprado los boletos uno inmediatamente después del otro), todos voltearon a verlo; no los culpo porque su atuendo era tan estrafalario que, a pesar de ello o tal vez por ello mismo, cuando el transporte llegó a su destino, ya nadie se acordaba siquiera de haberlo visto.
Ahora que espero sentado en la banca de Allá por quien sabe qué cosa o por quien sabe quién, ni yo estoy seguro de haber cruzado una sola palabra con él. Tal vez fue sólo una ilusión el que me ofreciera una vida actual libre de preocupaciones a cambio de una posterior llena de mortificaciones, o que sonriendo me diera la mano como cerrando algún trato, esfumándose en alguna estación intermedia.
Si fue una ilusión, fue una muy realista porque ahora, en mi mano izquierda, sostengo un boleto y bastantes credenciales que están a nombre de un tal "Amor Verdadero".
Cuando pagué el mío, me hicieron válido el descuento. Tal vez será que no vamos para el mismo rumbo, pensé, y en un acto de simpatía/empatía, me senté junto a él. Aunque fueron sólo unos instantes, pude percibir un aroma muy particular: picante y dulce, ácido y amargo, todo a la vez. Creo que provenía de él, como si hubiera mezclado diferentes lociones y perfumes.
Cuando llegó el transporte, nos incorporamos al mismo tiempo y subimos, uno detrás del otro. Sí iba en el mismo transporte, pensé de nuevo, aunque había paradas intermedias así que dudaba poder saber dónde se bajaría.
Al pasar caminando por el pasillo hasta su asiento (que seguro estaba junto al mío por haber comprado los boletos uno inmediatamente después del otro), todos voltearon a verlo; no los culpo porque su atuendo era tan estrafalario que, a pesar de ello o tal vez por ello mismo, cuando el transporte llegó a su destino, ya nadie se acordaba siquiera de haberlo visto.
Ahora que espero sentado en la banca de Allá por quien sabe qué cosa o por quien sabe quién, ni yo estoy seguro de haber cruzado una sola palabra con él. Tal vez fue sólo una ilusión el que me ofreciera una vida actual libre de preocupaciones a cambio de una posterior llena de mortificaciones, o que sonriendo me diera la mano como cerrando algún trato, esfumándose en alguna estación intermedia.
Si fue una ilusión, fue una muy realista porque ahora, en mi mano izquierda, sostengo un boleto y bastantes credenciales que están a nombre de un tal "Amor Verdadero".
martes, 20 de diciembre de 2011
Pero George ya estaba en un vuelo directo a París.
George había quedado de entregarle el maletín en aquel lúgubre muelle, lleno de escondrijos y amenazas acechantes.
Él esperaba, resoplando, sudando, haciendo presión sobre su brazo ensangrentado y tratando de ignorar la profunda aunque no mortal herida en su costado.
En su botiquín improvisado sólo había una inyección de morfina; la guardaría para el final. No quería sentir cómo se diluía la realidad ahora que debía estar atento.
Pero el silencio era agotador, más que una balacera.
Se desplomó.
Sacó su pistola y observó detenidamente el profundo agujero del cañón.
Conque así era como se veía la muerte de frente...
Él esperaba, resoplando, sudando, haciendo presión sobre su brazo ensangrentado y tratando de ignorar la profunda aunque no mortal herida en su costado.
En su botiquín improvisado sólo había una inyección de morfina; la guardaría para el final. No quería sentir cómo se diluía la realidad ahora que debía estar atento.
Pero el silencio era agotador, más que una balacera.
Se desplomó.
Sacó su pistola y observó detenidamente el profundo agujero del cañón.
Conque así era como se veía la muerte de frente...
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