martes, 12 de julio de 2011

Réquiem por las casetas telefónicas


Sólo por ocio metió el dedo en la ranura y, para su sorpresa, descubrió una moneda de cinco centavos ahí dentro. Se le quedó viendo con estupor y extrañeza, como si nunca hubiera visto una. Verla tan de cerca, propiedad ajena, olvidada, que ahora era suya, suya, le hizo repensar toda su vida; si al menos contaba con que había unas ciento cincuenta cuadras en la pequeña ciudad con unas cien casetas telefónicas en las que rebuscar… No en todas tendría suerte, claro, pero si lo intentaba a diario podría al menos obtener unos tres dólares, que era lo mismo que obtenía por día sudado en esa miserable constructora a la que se dirigía con desgana. Después hacer unos cuántos cálculos chicharroneros, decidió cambiar su rumbo, ¡al diablo con la constructora!, y peinar las  calles que conocía en busca de más casetas telefónicas.
Cuando calculó que su jornada de trabajo había terminado, contó sus ganancias: un dólar con cincuenta centavos. Era la mitad de lo que ganaba, cierto, pero ni una gota de sudor perlaba su frente ni sus manos pedían a gritos agua con hielo al llegar a casa. Tomó un mapa y trazó una ruta para ir revisando las calles, una a una, día a día, con meticulosa paciencia. Y así se creó una nueva fuente de trabajo fácil.
Sin embargo, no contaba con que el edificio que había ayudado a construir estaría terminado en unos días y que, para inicios de 1984, una de las empresas más grandes en telefonía móvil se instalaría en él, con toda la intención de poner en el maletín de cada persona de la ciudad una caseta telefónica “del tamaño de un ladrillo”, como le dirían después cariñosamente los ricachones despreocupados.

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